Armar un plan de escritura

Un plan de escritura es una organización posible de las ideas que el escritor tiene en mente para redactar su texto. Estas ideas son los materiales de escritura elegidos, encontrados o generados en la etapa de invención. Una vez que el escritor ha encontrado qué decir, una vez que ha puesto en claro cuáles son los contenidos que desea desarrollar por escrito, llega el momento de planificar de qué manera es adecuado organizarlos: por dónde empezar, cómo continuar, dónde finalizar.

De la serie de posibilidades de organización que cualquier tarea de escritura presenta, hay que elegir una que sea la más adecuada. ¿A qué debe adecuarse la organización de un escrito? En esta etapa, en la que se trata de armar un plan de escritura, es muy importante tener en cuenta al lector (ver Entender una tarea de escritura) para poder adecuar la organización del escrito a sus futuros destinatarios, a quienes el texto debe satisfacer de distintos modos -según del texto que se trate- por ejemplo, proveyendo información de una manera ordenada, cautivando su interés, convenciendo o persuadiendo. Pero, sobre todo, el plan de escritura debe adecuarse a las características del género discursivo al que pertenece (guía turística, crónica periodística, monografía, ensayo) y al tipo específico de estructura (descriptiva, narrativa, explicativa o argumentativa) que le corresponde en consecuencia dado que cada clase de texto requiere procedimientos específicos de organización.

Efectivamente, desde el punto de vista de su forma de composición o estructura, un texto puede ser predominantemente narrativo, descriptivo, explicativo o argumentativo. Textos tan distintos como las crónicas periodísticas, los relatos etnográficos, los diarios de viaje, los relatos historiográficos -por citar algunos pocos ejemplos- a pesar de sus diferencias comparten la forma de organización narrativa. Del mismo modo, el tratado científico, el manual didáctico y el diccionario etimológico tienen una organización predominantemente explicativa, y géneros como el sermón religioso, el editorial periodístico, la arenga política y el anuncio publicitario comparten la organización argumentativa.

Estas formas de organización son semejantes a “moldes” abstractos que encauzan la producción e interpretación de los textos. Ninguno de estos tipos suele darse en forma pura ya que en todos los textos coexisten estructuras diferentes pero siempre hay un tipo que prevalece sobre los otros. Normalmente, en un texto predominantemente argumentativo puede haber insertados tramos de narración, descripciones y explicaciones y lo mismo sucede con cada uno de los otros modelos de texto. En un mismo texto pueden coexistir pasajes argumentativos con otros de tipo narrativo, las descripciones pueden contribuir a aclarar una explicación o a dar verosimilitud a un relato, y la argumentación puede imbricarse en una crónica.

Un texto narrativo, para ser coherente, debe ser planificado de algún modo que permita interpretar claramente la secuencia temporal de las acciones relatadas (cómo comienza la historia, qué ocurre a continuación, cómo concluye) y la relación causal entre las acciones (qué sucesos son causa o consecuencia de cuáles otros). La escritura permite una importante variedad de opciones para organizar un texto narrativo atendiendo a estas dos variables de la temporalidad y la causalidad. El escritor puede decidir, por ejemplo, si va a comenzar el relato por el principio y desarrollar la historia atendiendo a su orden cronológico, o bien comenzar por el final para remontarse luego al comienzo de la historia (procedimiento denominado racconto o flashback). Con respecto a la causalidad, el narrador también puede elegir crear misterio relatando primero una situación enigmática y revelando luego, paulatinamente, los hechos que la causaron como sucede, por ejemplo, en una novela policial. La temporalidad y la causalidad están siempre asociadas en un relato: necesariamente, las causas preceden a las consecuencias.

Por otra parte, un texto explicativo busca hacer comprender un fenómeno o un problema. La función de una explicación es transmitir al lector un saber que le permita entender el cómo o el porqué de ese fenómeno. El desarrollo de la explicación propiamente dicha suele plantearse, entonces, como respuesta a una pregunta que puede ser explícita o implícita: ¿qué es?, ¿cómo funciona?, ¿por qué sucede de determinada manera? Por lo tanto, el modo de organizar un texto explicativo debe atender tanto a un criterio lógico-analítico como a un ordenamiento dialógico (en el cual una respuesta sucede a una pregunta, como en un diálogo).

La organización de un texto argumentativo, operación que en la retórica clásica se denominaba dispositio (es decir, “disposición”), está gobernada por dos objetivos básicos: conmover y convencer. Para lograr este propósito hay que tener muy en cuenta todo lo que se sabe acerca de los lectores sobre los que se desea ejercer una influencia. Los elementos esenciales de un texto argumentativo son la tesis que el escritor se propone defender y los argumentos que va a usar para sustentarla. Pero el orden de presentación de estos elementos puede variar; el escritor debe convertirse en un buen estratega para elegir la mejor forma de organizar su argumentación en función del logro de su objetivo: por ejemplo, ordenando sus argumentos del más débil al más fuerte, o comenzando por el argumento más vibrante para sorprender al auditorio, o por la enunciación de la tesis, o por el planteo de la controversia que dio origen a su argumentación.

Por último, un texto descriptivo tiene como finalidad explayarse minuciosamente sobre las características de un determinado objeto (o persona o lugar, etc.) con el fin de mostrarlo, de darlo a conocer. Las posibilidades de organizar un texto descriptivo también son muchas y variadas. Por ejemplo, la mirada del observador puede ajustar el foco, como si se tratara de una cámara, y mostrar el objeto desde sus detalles para luego ir alejándose paulatinamente hasta alcanzar una perspectiva panorámica o generalizadora. También se puede recorrer la superficie del objeto, metódicamente, de punta a punta, o interpretar algunos rasgos de su superficie tratando de calar en profundidad, como si se tratara de signos o síntomas de otros aspectos ocultos, o compararlo y contrastarlo con otro objeto equivalente para construir una analogía.

En este breve repaso por las distintas formas de composición que organizan los textos puede advertirse que cada una de ellas determina la forma que adoptará el plan textual en cada caso. Para obtener más detalles sobre estrategias de planificación de distintos tipos de texto, puede descargar los siguientes instructivos.


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